Al cineasta habanero Humberto Solás (1948-2008), calificado no pocas veces de «Visconti tropical» por reivindicar el vapuleado melodrama como método para penetrar la realidad, ciertos críticos también lo compararon con Michelangelo Antonioni por coincidir ambos en que las mujeres son más fuertes, más realistas, están más próximas a la naturaleza y son las primeras en adaptarse a los cambios. Con su primer largometraje, Lucía (1968), y su tema de la mujer, la sociedad y el amor, en tres momentos clave a lo largo de un siglo de ininterrumpidas luchas (1895, 1933, 196…), él concibió un tríptico de facetas feministas, en un intento por mostrar su evolución. Manuela (1966), antológico mediometraje, sería ubicable perfectamente a modo de «Lucía 1957».

Humberto fue capaz no solo de ofrecer su personalísima visión del título costumbrista más prominente de las letras cubanas en Cecilia (1981), o de transmitir en Amada (1983), junto a su cómplice Nelson Rodríguez —que trascendió sus funciones de editor para asumir las de guionista y codirector—, la atmósfera opresiva y angustiosa en la que languidece la esfinge delineada por el escritor Miguel de Carrión. Solás no vaciló en polemizar con la contemporaneidaddesde el pasado en Un hombre de éxito (1986). Osó traducir en imágenes el barroquismo carpenteriano y dotar de vida a la Sofía arrastrada en El siglo de las luces (1992) por el torbellino de acontecimientos. En un viraje radical, en su primera experiencia en el cine digital, siguió el viaje iniciático de Pilar, la muchacha que acompaña a un primo en búsqueda de su madre.

Estudiar las relaciones hombre-mujer en determinado contexto histórico, en especial la participación femenina, es un constante en su filmografía, y por supuesto, una pregunta se impone en cuanta entrevista se respete. Recupero esta a propósito de conmemorarse el 24 de marzo el vigésimo aniversario de la première de Miel para Oshún en el cine Charles Chaplin, pero también porque el 17 de abril señala cinco años de la desaparición de Elia Solás, hermana de Humberto y autora del argumento de esa película parteaguas en el itinerario del realizador:
¿Qué representa la mujer en tu obra?
Algo que todo el mundo sabe: es un personaje sojuzgado a través de la historia, y solo a inicios del siglo XX es que comienza a dar verdaderos pasos de emancipación. La mujer es un filtro ideal para plasmar las contradicciones de la sociedad, porque es un personaje que ocupa un rol de aparente sojuzgamiento, tratando de encontrar los mecanismos para convertirse en una figura con autoridad dentro de la sociedad.

Lo importante de la presencia femenina en mi cine —aclarando que no es un cine feminista—, es el hecho de que ese personaje que padece las mayores contradicciones dentro de la sociedad, es un personaje que vibra más y tiene una búsqueda de transformación más grande que cualquier otro. El hombre está acomodado en su aparente predominio. La mujer vive con rebeldía e insatisfacción, lo cual le provoca generalmente ser más flexible, más abierta y más disponible a la aventura cultural, espiritual y humana que el propio hombre. Es un personaje más rico, más lleno de matices, más contradictorio.
¿Por qué en tus películas, sin embargo, las mujeres no son personajes excepcionales?
He buscado personajes con los cuales la mujer común puede establecer nexos e identificación, que no sea demasiado angustioso el proceso de encontrar analogías; personajes llenos de dudas, humanos, proclives al proceso, a lo positivo, pero mostrándolos en sus grandes dificultades para lograr un objetivo de reafirmación. He querido ser sincero siempre, consecuente con mi realidad. De nada vale que conciba personajes utópicos, idealizados, sublimados, si no responden a la vida.

¿Cuál es, de tus películas, tu favorita?
Cecilia. Me parece que es mi mejor película. Es la más estudiada y la que fue realizada con más rigor; me identifico más con el serial de seis horas con destino a la televisión, que es la versión más completa. Es mi película preferida, sobre todo por el hecho de que representó replantear la libertad del creador. Fue un ejercicio de libertad para mí.

¿Cómo definirías el cine?
El cine es un arte escultórico, un arte plástico. Es decir: yo también puedo realizar a través de una película una proposición de espacio, sirviéndome, además, del argumento, de la banda sonora.
Llámense Manuela, Lucía, Cecilia, Amada, Sofía, Pilar… sean individualidades bien definidas o apenas esbozadas, personajes de obras literarias o concebidos expresamente para el cine, pertenecientes a la gente del pueblo o a la aristocracia, resultan aún auténticas, frescas, vitales… en la obra de un creador de la talla de Humberto Solas, y en la de la cinematografía que posibilitó su gestación. El rostro sudoroso de la guerrillera Manuela se superpone al de cualquier Lucía, patética, frágil o vociferante, o al de esa vigorosa Sofía, trasplantada de La Habana decimonónica al interior de una catedral estremecida por una explosión de talento.